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Votar con la razón o elegir desde el odio: Reflexión de un servidor público desde Risaralda.

 A veces, las voces más sensatas de la administración pública son las que se ven obligadas a permanecer en el anonimato. Esta reflexión que comparto hoy me fue confiada por un servidor público de nuestra región que, junto a varios de sus colegas, observa con inquietud la coyuntura política y el rumbo de las próximas elecciones en Colombia.

​Más allá de la militancia, este texto es un llamado urgente a recuperar la serenidad y la autocrítica en la política. Nos invita a preguntarnos si estamos eligiendo por convicción o simplemente por el deseo de castigar al rival. En un momento donde la polarización nubla el panorama, estas líneas desde el eje cafetero son un faro necesario para recordar qué es lo que realmente está en juego en nuestra democracia



REFLEXIÓN PARA LA COYUNTURA 

 Me preocupa que cada vez más personas estén dispuestas a decidir el futuro del país desde el enojo y no desde la razón. La inconformidad con un gobierno es legítima y necesaria en una democracia, pero cuando el rechazo  se  convierte  en  odio,  se  corre  el  riesgo  de  perder  la  capacidad  de  evaluar  con  serenidad  las consecuencias de nuestras decisiones.  

Muchas personas sienten preocupación por la inseguridad, el desorden administrativo del ejecutivo o la incertidumbre  general  de  la  economía  (aunque  las  cifras  muestran  otros  ángulos).  Algunas  de  esas preocupaciones son reales; otras pueden estar amplificadas por discursos políticos o mediáticos. 

En ambos casos, el peligro surge cuando el miedo y la frustración llevan a creer que cualquier propuesta de mano dura es  sinónimo  de  solución.  Entonces  dejan  de  importar  las  señales  de  alerta,  los  antecedentes,  las contradicciones en el discurso vociferando o los riesgos que puede representar un proyecto político para la democracia y el bienestar colectivo.  

Pero existe otro fenómeno igual de preocupante. En ocasiones o en algunas personas, el odio  hacia un gobierno sirve de refugio para sentimientos y prejuicios que normalmente permanecerían ocultos.

 El clasismo, el elitismo, el racismo, la xenofobia, la misoginia o la homofobia encuentran una vía de expresión bajo el argumento de que todo se justifica porque existe un mal gobierno. Así, algunas personas dejan de examinar críticamente ciertas actitudes o discursos discriminatorios y terminan normalizándolos porque coinciden con su deseo de castigo político o con la imagen de autoridad que proyecta determinado liderazgo.  

Una sociedad distraída por el resentimiento puede terminar aceptando peores males como, el debilitamiento de  las  instituciones,  la  eliminación  de  entidades  que  prestan  servicios  públicos  fundamentales;  la concentración del poder, la subordinación de los organismos de control, la imposición de contra reformas que afectan conquistas sociales; el favorecimiento de grupos privilegiados en detrimento de la competencia y el libre mercado, la ampliación de las brechas económicas y sociales (más inequidad), la privatización de servicios esenciales, la desprotección de los recursos naturales y el deterioro de los mecanismos que protegen a las poblaciones más vulnerables.  

También es preocupante cuando se normaliza la persecución del contradictor, el señalamiento de quienes piensan diferente, las amenazas contra periodistas, líderes sociales o sectores de opinión, y la idea de que la crítica debe ser castigada en lugar de ser escuchada. Una democracia no se fortalece eliminando voces disidentes; se fortalece garantizando que todas puedan expresarse libremente.  

Igualmente,  alarmante  es  la  contradicción  de  quienes  afirman  defender  la  patria  mientras  promueven actuaciones que comprometen la soberanía nacional o buscan apoyo de poderes externos para resolver disputas  internas.  El  amor  por  un  país  no  se  demuestra  persiguiendo  adversarios  ni  debilitando  las instituciones que lo sostienen. Se demuestra respetando la democracia, la independencia de los poderes públicos, la libertad de opinión y el derecho de los ciudadanos a vivir en una sociedad plural.  Por eso, antes de elegir, vale la pena preguntarse si estamos votando por convicción, por odio o por fobia hacia personas; si estamos pensando en el bienestar colectivo o simplemente en castigar a quienes hoy gobiernan.

  La historia enseña que las decisiones tomadas desde el odio o la rabia suelen beneficiar a quienes saben aprovechar el miedo y la frustración. Las decisiones tomadas desde la razón, en cambio, son las que permiten construir un país más libre, más justo y más democrático para todos.  

 

 Pereira, 10 de junio de 2026 

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